Además del kitesurf soy músico, artista plástico y chef de profesión. La música ha sido una constante desde los 15 años y es parte esencial de lo que soy.
A los 12 años tuve mi primer contacto con una cometa de dos líneas, lo que me ayudó a entender la lógica del vuelo. Ya en 2003, unos amigos deportistas trajeron los primeros kites a Chile. Fue un momento personal complejo y el deporte coincidió perfectamente; me atrapó inmediatamente por la adrenalina y la conexión con un elemento poderoso.
Sí, 100%. Es mi trabajo, mi pasión, mi hobby y un estilo de vida que ocupa mi tiempo. Aunque sigo haciendo música, el kite se quedó conmigo y me ayudó a vivir.
Afortunadamente, me rodeo de gente que comparte esto: amigos, mi pareja y mis hijos también lo practican. Se genera una comunidad muy unida. Pero cuando entras al agua, ese momento es único: estás solo tú y el kite.
Es una conjunción apasionante. Vas tú con el viento, el agua, el kite y la tabla. Me encanta esa conexión con los elementos; estar solo navegando es sumamente agradable.
Hago una analogía con aprender a manejar: al principio da miedo y parece intimidante, pero con el tiempo se vuelve cotidiano. El profesor, más que instructor, actúa como un «chamán» que te guía hasta que logras domar esta fuerza de la naturaleza.
Lo fundamental es tomar clases con instructores certificados y nunca aprender solo. El aprendizaje es técnico y toma tiempo; no existe una edad o actitud específica, pueden aprender desde niños hasta adultos mayores.
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