Soy padre y una persona que disfruta intensamente el aire libre. Dedico mi tiempo a lo que realmente me gusta. Vivo en Gualliguaica todo el año; cuando no estamos en el agua, estamos disfrutando del cerro, del aire puro y de la vida de pueblo.
Fue el 2010. Con unos amigos vinimos al Valle del Elqui y, al ver las velas en el embalse Puclaro, quedé impactado. Me preguntaba qué eran esos «globos» en el agua. Me lanzaron a probarlo y, literalmente, quedé «pegado».
Es un momento de desconexión absoluta, casi meditativo. Soy parte del entorno; cuando el viento está fuerte y siento el agua, me siento uno con lo que hago. Es una desconexión brutal del día a día que me alimenta el alma.
Libertad pura. Me permite jugar con los elementos. Antes del kite, solo miraba el paisaje; ahora, soy parte de él. Es un relajo mental que pocas disciplinas generan.
Sí, existía un ingeniero comercial que trabajaba en una oficina de lunes a viernes. Cuando encontré esta pasión, decidí dejar esa vida, mudarme a Gualliguaica con mi pareja y formar una familia aquí. Para mí, cambiar mi zona de confort en Santiago fue la mejor inversión.
No, nunca he competido; lo mío es la docencia. Mi mayor reto es enfocar mi escuela en educar a niños pequeños, menores de 10 años, aunque estoy capacitado para enseñar a adultos y a personas con discapacidades físicas. Si tienen voluntad, yo estoy aquí para enseñarles.
Se llama Kitesurf Gualliguaica. Estamos aquí todo el año, excepto en junio. El entorno es mágico: gracias a la geografía de los cerros, tenemos un fenómeno de viento único que ninguna aplicación de clima puede predecir con exactitud.
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